¿Cómo es tu oración?

Al comienzo de mi vida cristiana, mis oraciones eran balbuceos que alcanzaban a tocar el corazón de Dios de un modo especial, y Él me hacía sentir esa alegría de estar comunicado conmigo, debido a que anhelaba tenerme a Su lado luego de tantos años lejos de Él.

Tal como cuando un padre recibe a un hijo que consideraba perdido y se emociona al reencontrarse.

Los “balbuceos” de bebé, en que consistían mis primeras oraciones (sin tener experiencia en el tema del orar) eran considerados por Dios como una gran elocuencia.

Con el tiempo, y a medida que Dios me dio crecimiento, mis oraciones se volvieron más elaboradas y mi modo de comunicarme con Él es muy personal.

Muchas veces, olvidamos que Dios desea nuestro corazón puesto en el diálogo que mantenemos con Él.

En esos tristes momentos, Dios nos observa mover los labios, repitiendo (muchas veces) cosas que escuchamos decir a otros como: “Amen, Gloria, Aleluya, Hosana” y frases hechas como “perdona mis pecados”, “ven a mi vida”, “te adoro”, etc. que son repetidas por nuestros labios como un “mantra” de las religiones orientales.

Es en esos momentos, que comenzamos a notar que tenemos momentos en nuestras oraciones en donde somos como muñecos. Hemos aprendido “técnicas” y “frases” que solemos repetir como para “llenar los espacios” en nuestro diálogo con Dios.

¿Sabías que casi los mejores momentos de mi vida en oración, fueron aquellos en los que, cuando no tenía nada para decir, simplemente permanecía en silencio?

Muchos me han criticado por mis silencios en oración.

Otros me han acusado de quedarme dormido…

Mas el Dios de toda gracia me fortaleció vez tras vez y me demostró que las oraciones que consisten en tener palabras en nuestra boca todo el tiempo, son un monólogo, en vez de un diálogo.

Si solamente hablo yo, ¿en qué momento permito a Dios infundirme Su santa respuesta a mis inquietudes y ruegos?

Es necesario el silencio en los momentos de oración.

Fue el mismo Señor Jesucristo quien nos enseñó, diciendo:

“Y orando, no uséis vanas repeticiones, como los gentiles, que piensan que por su palabrería serán oídos.” Mateo 6:7

¿Crees que sería necesario aclarar algo más a esta sencilla palabra del Señor?

Pues sí.

¿Cuántas veces en tu congregación permites que se te diga lo que debes decir?

¿Te dicen el momento en que debes levantar las manos? ¿Te incitan a moverte como a un títere de aquí para allá con algún cantito de moda?

Quisiera que seas sincero… ¿Crees que Dios estaba esperando que bailes y te muevas igual que el resto? ¿Hará esto que Dios te “bendiga más” por hacer esto, que si no lo haces?

Hay momentos en que el poder de Dios en una reunión nos lleva a toda la multitud a arrancar un aplauso espontáneo que no termina por minutos. ¡Eso sí es original y natural!

Pero cuando la presencia de Dios no se presenta como se espera, forzar todas estas expresiones no hace más que endurecer las relaciones entre Dios y sus muñecos. Pues en esos momentos, nos quitamos el atuendo de hijos para pasar a ser simples marionetas en manos del espectáculo de turno.

Que el Señor nos abra los ojos para ser sinceros y originales en todo lo que hacemos, decimos y vivimos.

Que el Señor te bendiga.

Raimundo

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