Cuento: Cuando la inseguridad…

El siguiente relato, fue en realidad un sueño que tuve, y que extrañamente no me abandonó hasta que logré escribirlo, con el mayor lujo de detalles del que he sido capaz de recordar.

Si posee o no un mensaje… Lo ignoro. Pienso que sí. Júzguenlo ustedes. Sólo sé que no lo busqué, sino que él (el sueño) me buscó a mi.

Raimundo 
©2007

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Me encontraba con mi familia, mi esposa, mi hija y yo, sentados en la vieja cocina de la vieja casa del barrio Belgrano, en Buenos Aires, Argentina.

Recién habíamos terminado de cenar y ya se estaba volviendo de noche. Comenzaba a refrescar. 

En la cocina teníamos luz pero el resplandor del atardecer que venía del patio, al final del pasillo, ya se había apagado. Noté que varias veces había mirado hacia el pasillo oscuro dudando en qué momento me levantaría para cerrar la puerta…

De pronto me pareció ver una sombra, como de un hombre cayendo con mucho sigilo en puntas de pie y escondiéndose tras la columna que sostenía la puerta.

Pensé que se trataba de las famosas “visiones” propias de quien levanta la vista rápido y encuentra en la oscuridad objetos que se mueven.

Descarté el miedo y me levanté para cerrar la puerta. Ya era tarde.

Acercándome hacia la mitad del pasillo, noté que alguien se ponía de frente y me apuntaba con un arma bastante moderna.

Quedé helado…

Se acercó en silencio. Ignoro si lo hizo rápidamente o si sólo fue una ilusión más debido a mi lentitud para adaptarme a ese momento inesperado que se presagiaba terriblemente oscuro. Aún más oscuro que la noche misma.

Me retorcía por dentro la idea de hacer uso de alguna técnica que había aprendido en Kung-Fu a mis 18 años de edad. De sólo pensarlo, una de mis hernias de disco envió un mensaje neuroeléctrico a mi pierna derecha que me desalentó a intentar nada. Aquello de las artes marciales había sido como un juego de moda de mi juventud… Mis 43 años y la vida en juego de mis amadas, no me permitía mover un sólo músculo.

Hay hombres que ante una situación de riesgo corren a atacar a su oponente a cualquier costo. Otros huyen sin control, también a cualquier costo.

Poseo una personalidad que ante hechos inesperados actúa del modo más bíblico que conozco: “Estad quietos y conoced que Yo soy Dios”.
No lo pienso voluntariamente, sino que ante mi inerte reacción paralizadora, es lo único que me viene a la mente hacer. Permanecer “a la espectativa”. Mucho más cuando está en juego, no sólo mi vida, sino la de aquellos seres que amo.

De un modo ágil y “profesional” me redujo en silencio y me susurró a modo de  advertencia que nada me pasaría a mí, ni a mi familia, si cooperaba.

Le susurré, usando su mismo tono cuidadoso, que no se hiciera problema. Y que me dejara calmar a mi mujer y avisarle lo que ocurría para que no se asuste.

– “Con cuidado que te estoy apuntando” – me dijo con voz segura.

Cuando desandé mis pasos por el pasillo, seguramente mi esposa notó la palidez que cubría mi rostro porque preguntó entre asombrada y confundida:

– “¿Qué pasó?” – tratando de ver por encima de mis hombros lo que me había teñido la piel.

La alcancé a tranquilizar como pude y logré ponerla sobre aviso de lo que pasaba, los tres nos abrazamos y entró en la cocina el individuo.

Bajo la luz de la cocina, no parecía ser un ladrón común. Aunque era la primera vez que estaba ante uno que violaba la privacidad de mi hogar. Mi percepción sobre lo que era un ladrón sólo se ajustaba a películas y falsos prejuicios que uno suele hacerse acerca de cuál es una buena cara para ser ladrón y cuál es más para un éxito de Hollywood…

Más allá de su apariencia, parecía un experto en lo que hacía. Llegó otro hombre que se quedó con nosotros, mientras un tercero logró entrar al estacionamiento de la casa con una camioneta tipo Furgón.

De ella bajaron una serie de cosas que montaron en mi jardín y llegó más gente que entró por el estacionamiento y se ubicaba alrededor de unas mesas que habían dispuesto para celebrar una especie de reunión.

Les escuchaba conversar en voz baja, cada tanto se escuchaba una risa contenida para no levantar grandes sospechas, aunque los talleres circundantes a mi jardín y las altas paredes de los contornos evitaban cualquier vista inesperada.

Quien estaba con nosotros nos repetía una y otra vez que no teníamos que temer por nada. Era necesario creer. No parecían violentos (salvo por las armas que llevaban) ni aún por su aspecto. Sentí que podía identificarme tranquilamente con cualquiera de ellos. Eran seres humanos al igual que yo.

De todos modos, me preocupaba qué podría suceder y cuál era el propósito de todo esto.

Con el correr de las horas, nuestra angustia era grande, pero la tranquilidad que nos transmitían era real. No deseaban hacernos daño. Aunque eso sólo lo descubrimos cuando se fueron. Fueron rotándose aquellos que nos vigilaban. Cada uno nos tranquilizaba a su manera.

Ya no tenía temor de que vaciaran mi casa. Sólo oraba en silencio por nuestras vidas… y la de ellos.

En un instante que pareció más de un siglo apareció el primer hombre y me dió las gracias. Me pidió que no dé aviso a la policía. Y me invitó a corroborar junto con él antes de irse, si yo así lo deseaba, que no faltara nada de la casa.

Le dije que preferiría obviar ese ofrecimiento. Nos saludó y antes de trepar por la pared del patio (ahora ya iluminado) me sonrió…

Con mi esposa recorrimos la casa para cerrar todas las puertas y ventanas en primer lugar, aseguramos todos los accesos y luego recorrimos las habitaciones. Notamos que nada había sido tocado o revuelto.

El único cambio que notamos fue que en el jardín habían dejado sobras de lo que parecía ser una fiesta de cumpleaños. Pedazos de torta, gaseosas, platos y vasos descartables y algunas servilletas arrojadas al suelo. Nos llamó la atención no ver botellas de alcohol ó colillas de cigarillos. Era algo extraño por el tipo de gente que pensamos que era.

¿Qué había pasado?

En principio volvimos a la casa y cerramos las puertas. Si bien no fuimos atacados, el temor se apoderó de nosotros, dado que unos desconocidos entraron en nuestro hogar, hicieron uso de nuestras cosas y luego salieron. Estaban armados y se podría haber convertido en un verdadero horror.

Nos arrodillamos y oramos al Señor por esa gente y le agradecimos por Su amor y cuidado.

Luego de que nuestra hija se acostó (casi al amanecer), me encontraba conversando con mi esposa a solas y le decía:

– ¿Por qué harían una cosa así? –

– ¿Les hubieras prestado la casa para una fiesta si te lo hubieran pedido? – me respondió mi esposa con una mezcla de humor, ya pasado el temor propio de una situación angustiante.

Lo pensé seriamente, como si esa pregunta no viniera de mi esposa.

No. Jamás hubiera prestado mi casa para individuos que no conozco. Cualquier otro uso que nos excluyera como familia, deberían realizarlo en otra parte. No aquí. En MI CASA.

El haber entrado con un arma a MI CASA dobló nuestra voluntad de modo que este suceso fue algo incorrecto. Aún cuando no hayan dañado físicamente la familia, ni quitado nada de nuestras pertenencias.

Pero cuanto más lo pensaba más mal me sentía.

“Al que te hiera en una mejilla, preséntale también la otra; y al que te quite la capa, ni aun la túnica le niegues. A cualquiera que te pida, dale; y al que tome lo que es tuyo, no pidas que te lo devuelva.” Lucas 6:29-30

Era seguro que la situación estaba mal. Pero no era yo quien debía juzgar lo justo o injusto. Debía renunciar a mis posesiones.

De hecho, ningún daño sufrimos.

Al día siguiente, intenté contar lo que me había sucedido a otros, pero ninguno tuvo tiempo o voluntad de escucharme. Aunque intenté contarlo en diferentes ámbitos, (almacén, kiosco, trabajo, vecinos…) la conversación siempre terminaba lléndose por otros caminos y terminé convencido de que a nadie le interesa conocer ciertas cosas.

En muchos casos es preferible la conversación que trata de vanidades y tonterías que sobre las cosas que realmente importan.

Comprendí que del mismo modo actúan cuando deseo hablar sobre algún tema bíblico. Las conversaciones no se vuelven hostiles como en otras épocas, sino que el diablo ha logrado torcer hacia lo superficial todo intento por profundizar en las cosas que realmente importan.

Que Dios los bendiga.

Raimundo

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