La conducta decente…

Pensemos en un país donde la gente admirara a quienes desertaran del campo de batalla, o donde un hombre se sintiera orgulloso de engañar a todos los que hubieran procedido bien con él.

Es como tratar de imaginarse un país en donde dos y dos fueran cinco.

El egoísmo por ejemplo nunca ha sido admirado.

Lo más notable de todo esto es que cuando uno se cruza con alguien que dice que no cree que exista lo correcto y lo incorrecto, utilizará este principio tarde o temprano.

Puede que no cumpla la promesa que hizo; pero si se trata de no cumplirle a él con lo que le prometieron, se quejará de que no es justo a mayor velocidad que la que logra el colibrí cuando agita sus alas.

Puede darse el caso de que una nación diga que los tratados no importan; pero casi en el mismo momento se contradice al decir que quiere romper un tratado particular por considerarlo injusto.

Si los tratados no importan, y si nada es correcto ni incorrecto (llamémosle a esto “ley de la naturaleza” por ponerle un nombre que no suene religioso, después veremos de dónde proviene), o sea, si no existe la “ley de la naturaleza”, ¿cuál es la diferencia entre un tratado justo y otro injusto?

Nos vemos forzados a creer que, al menos, existe lo correcto e incorrecto.

Puede que alguien se equivoque en cuanto a esto, tal como algunas veces suma mal; pero no es un asunto de gusto u opinión, como tampoco lo son las tablas de multiplicación.

Partiendo de esta plataforma, puedo continuar con el siguiente punto: Nadie es completamente fiel a la ley de la naturaleza.

(Dije NADIE ES “COMPLETAMENTE” FIEL, o sea, siempre en algo erramos, seamos sinceros -lo digo por quienes pueden pensar “Yooooooo? Jamás !!!”-)

No me malinterpreten. No pretendo ser mejor que nadie.

Pero quiero llamar la atención a un hecho: que este mismo año, en este mismo mes, y con toda probabilidad en este mismo día, no hemos puesto en práctica la clase de conducta que esperamos que los otros practiquen.

¡Puede ser que encontremos toda clase de excusas!

Cuando ayer les gritamos a nuestros hijos…. fue porque estábamos muy cansados.

Aquella vez que procedimos un poco oscuramente en cuanto a asuntos de dinero (¡ya casi lo había olvidado!)…. fue en realidad porque estaba pasando por una necesidad demasiado prolongada.

Y cuando le habíamos prometido aquello al Sr. Z… es que jamás hubiéramos prometido tal cosa si hubiéramos sabido lo ocupados que estaríamos hoy !!!

¿¿¿ Y quién creo que soy yo ??? Nada menos que lo mismo que ellos.

En otras palabras, no estamos andando como esperamos que los demás se conduzcan.

Y cuando alguien nos dice que hemos “quebrado” esa (obvia) norma de conducta, no decimos “esa norma no existe”, sino que damos una sarta interminable de excusas para convencer al otro que en realidad no deseábamos quebrar de ningún modo dicha barrera…

Esta es la prueba más irrefutable de que dicha “ley moral interna” existe.

Es más, creemos tanto en dicha ley de la decencia, sentimos tanto la presión de esa ley, que no podemos enfrentarnos al hecho de que la estamos quebrantando, y por lo tanto, tratamos de zafarnos de la responsabilidad que nos cabe al respecto.

Por último…

Noten que es a nuestro mal comportamiento al que le encontramos toda clase de explicaciones. Pero cuando el mal comportamiento de un tercero nos afecta, en nada nos importan sus explicaciones y le hacemos notar hasta la vergüenza su error, el mismo que tan bien sabemos perdonarnos en nosotros sin chistar.

Un gran, pero gran abrazo para todos…

Espero continuar con este debate, extraído de un texto del genial Clive Staples Lewis, quien fuera autor de los siete libros que componen la saga de “Las Crónicas de Narnia”…
En esta oportunidad, de un libro titulado “Cristianismo y nada más!”

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