La eternidad

Cuando escuchamos que se menciona la palabra “eternidad”, ¿qué imagen traemos a nuestra mente?

Muchos quizá poseen una imagen de algún paisaje solemne con lagos inmensos, montañas, mucho color de naturaleza (verdes, azules, tonos anaranjados de puestas de sol), o cosas semejantes.

Otros ven todo oscuro, lejano y distante como si jamás fuera a llegar ese momento o bien, como si prefirieran que jamás llegara por considerarlo hostil y misterioso.

Pero… ¿qué significa realmente “eternidad”?

En cuanto a tiempo, no significa algo que esté por llegar, sino un tiempo en el cual nos estamos moviendo, y en el cual ocupamos un punto determinado.

Si pudiéramos ver la eternidad como Dios la ve, notaríamos que nuestras vidas duran lo que un suspiro, el cual permanece por un instante y luego se desvanece.

Esto es así, cuando lo comparamos con la inmensa eternidad, (que es el antes, el ahora y el después de todas las cosas).

Está mal dicho que una persona al morir “entra” en la eternidad.

Ya está en la eternidad al pasar por esta vida.

Nuestra existencia transcurre en esa “eternidad”.

Somos parte de la eternidad.

Pero mientras estamos en este mundo, tenemos que saber escoger a dónde iremos a morar por el “resto” de la eternidad.

Eso predicamos. Eso es lo que anunciamos.

Hay acceso a la presencia de Dios, si entramos por la única puerta… que es Jesús.

No hay atajos, no hay paredes que puedan saltarse, ni hay ventanas o huecos por los cuales “colarse” para evitar el precio de pasar por el único lugar habilitado.

El cielo se reserva el derecho de admisión.

Ese derecho ya fue comprado por el único que pudo pagar el precio: Jesús.

La biblia cuenta que Dios sanó a un hombre enfermo mediante los apóstoles Pedro y Juan quienes, en el nombre de Jesús, oraron por su sanidad.

Oigamos lo que Pedro dijo cuando los grandes “líderes espirituales” de aquel entonces les “interrogaban” acerca del hombre sanado:

“Entonces Pedro, lleno del Espíritu Santo, les dijo: Gobernantes del pueblo, y ancianos de Israel:

Puesto que hoy se nos interroga acerca del beneficio hecho a un hombre enfermo, de qué manera éste haya sido sanado, sea notorio a todos vosotros, y a todo el pueblo de Israel, que en el nombre de Jesucristo de Nazaret, a quien vosotros crucificasteis y a quien Dios resucitó de los muertos, por él este hombre está en vuestra presencia sano.

Este Jesús es la piedra reprobada por vosotros los edificadores, la cual ha venido a ser cabeza del ángulo.

Y en ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos”.

Que Dios los bendiga !!! (Con haber enviado a Jesús ya nos ha bendecido por demás !!!)

Raimundo

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