Biografía de Lutero (2ª parte)

Durante el año 1512 Lutero llevó a plena luz por primera vez los elementos antagónicos que luchaban en su pensamiento y los vió con tal claridad y en tal armonía, que llamó a esta experiencia el nacimiento de su fe.

En la torre donde a menudo estudiaba, fijó su atención en el texto de Romanos 1:17 “El justo vivirá por la fe”. Consciente de la perfecta rectitud de Dios y también de su propio pecado, no podía entender cómo podía alguien justificarse ante Dios. Este habría sido su problema desde los días de su juventud en que sintió el llamado de la religión.

¿Qué quería dar a entender Pablo con “El justo vivirá por la fe”? Pablo, que más que nadie había mostrado la pecaminosidad de la raza humana; Pablo, que exclamó como tan a menudo el propio Lutero lo hiciera: “¡Miserable hombre de mí! ¿Quién me librará del cuerpo de esta muerte?”.

Lutero recordó el consejo constante de Staupitz de considerar la crucifixión. ¿Por la fe en la crucifixión podía él, encontrar alivio a su carga de pecado? ¿Era pues, por fe en la obra histórica de Cristo? ¡La fe de que hablaba Pablo tenía que ser la aceptación de la obra de Cristo! ¡Y eso tenía que querer decir que Dios por medio de Cristo había justificado a los hombres pecadores que quisieran entregar sus vidas a Su palabra!

¿Podía él mismo, Martín Lutero, hallar salvado el profundo abismo entre él y Dios? ¿Era verdad, pues, que la justicia de Dios, no era la justicia de la condenación, sino la justicia de Cristo transferida a él?

Entonces sintió el ritmo poderoso del pensamiento paulino en el que, si bien el pecado estaba siempre presente, también lo estaba la justificación de Dios. Sintió dentro de sí la fuerza pura tan antigua y bien conocida por los cristianos paulinos. Ya no era cuestión de batallar con Dios para forzarle a reconocer sus buenas acciones, sino que ¡Dios estaba de su parte!

El inmenso peso de su pecado había sido compensado por la infinita misericordia, hecha realidad en Cristo.

Esa fue la hora de su libertad.

Salió del cuarto, no con una teología completa, definida claramente, pero sí son una base fija e invariable. Así encaró sus primeras clases bíblicas en la seguridad de que había hallado la clave para entender las Escrituras.

A través de las luchas que habia de sostener en su vida, perseveró en su seguridad de que “el justo vivirá por la fe”; no era que la fe actuara sin obras, sino que por la fe venía la vida y las obras eran el resultado.

Dió cátedra en la Universidad desde 1513 a 1515, sobre los Salmos. Daba su cátedra en latín, pero si el latín le resultaba demasiado escolástico y sin expresión, pasaba rápidamente al alemán; en sus notas se puede ver como cambiaba de idioma en mitad de una frase.

De la misma manera, cuando las viejas formas comunes en las clases universitarias eran insuficientes para expresar la magnitud de su mensaje, él creaba nuevas y vivas ilustraciones. Por ejemplo: “Como la pradera es para la vaca, la casa para el hombre, el nido para el pájaro, la roca para la cabra y la corriente para el pez, así es la Escritura para el alma del creyente”.

“Nosotros los estudiantes le oímos con gusto” -escribió uno de sus alumnos- “pues nos habla en nuestra lengua madre”.

En 1515 y 1516 dió cátedra sobre la epístola de Pablo a los Romanos. Ahí estaba su fuerte fundamento y a medida que explicaba a sus alumnos la idea de Pablo, capítulo tras capítulo veían claramente descubierto ante ellos todo el drama de la redención celestial.

A medida que daba sus clases sobre los Romanos, llevaba ante el tribunal de este vigoroso libro a la sociedad de su día. Atacó acerbamente a Julio II y a la escalofriante inmoralidad de Roma. Denunció a la Curia y toda la jerarquía romana por su corrupción y su vileza: el lujo, la avaricia, el orgullo y el egoísmo eran desenfrenados en la ciudad del Papa. Romanos 13:13, el texto que había servido de terrible lección al inconverso Agustín, dio ahora a Lutero un vocabulario para la descripción de Roma: “glotonerías”, “borracheras”, “lechos”, “disoluciones”, “pendencias”, “envidias”. Y Lutero instaba a su generación a prestar oídos a la gloriosa exhortación del versículo 14: “Revestíos del Señor Jesucristo y no hagáis caso de la carne con sus deseos”. Con lenguaje severo acusaba al clero de creer que su tarea era defender a la Iglesia, en lugar de predicar el Evangelio.

Sus sermones tuvieron tal tónica y despertaron tal interés, que el consejo municipal de Wítemberg le pidió que predicase en la iglesia parroquial. El sermón más antiguo que se conserva es uno que predicó probablemente en 1514. Su texto era: “Todo lo que quisiereis que los hombres hicieren con vosotros, así haced vosotros con ellos”; y el sermón mostraba lo que iba a ser la cualidad más importante de su predicador, exhortándoles a seguir por el camino del cristianismo.

A las tareas del profesorado y la predicación, se sumó el cargo de Vicario de Distrito de los monasterios de Meissen y Turingia, que le fue adjudicado por la Orden, en Gotha, en 1515. Diez monasterios caían bajo su jurisdicción, que después con la adición de Eisleben, su pueblo natal, llegaron a once. El reglamento exigía que fueran visitados una vez al año. Esta visitación implicaba ciertamente tiempo, esfuerzo y resistencia. Su correspondencia aumentó extraordinariamente con esta elección. Todas las horas del día estaban ocupadas en tareas importantes.

Tenía que predicar a los monjes y a los aldeanos; tenía que dar sus clases en la universidad, y su exposición debía ser intensa y razonada, de acuerdo a su posiciónde jefe reconocido de un nuevo movimiento, y tenía que ejercer disciplina administrativa sobre monasterios distantes.

Dejó de ser el monje introspectivo y preocupado de Erfurt y se transformó en el líder fuerte, audaz, confiado que gozaba de la confianza y del respeto de todo su círculo. Sin embargo, la humildad, la sinceridad y la profunda piedad continuaron siendo las características más arraigadas de su vida. Veía claramente cada uno de los detalles de sus muchas tareas y mantenía una comprensión enteramente personal de los problemas que la concernían; humilde en su íntimo pensamiento, poseía la fascinante cualidad de saber actuar en público manteniendo su responsabilidad profesional.

Sus cualidades de administrador verdaderamente cristiano, aparecen nítidamente en una carta que dirige a un monasterio, y en la que se refiere a un hermano que ha incurrido en la necesidad de disciplina.

A Juan Bercken.
Prior Agustín en Maguncia

Dresde, 1 Mayo 1516.

“¡Os saludo en el Señor reverendo y excelente padre Prior! Me siento apesadumbrado al saber que está con su Reverencia uno de mis hermanos, un tal Jorge Baumgartner hermano de nuestro convento de Dresde, quien ¡ay! buscó en Ud. refugio, de una manera vergonzosa y también por una causa vergonzosa. Agradezco vuestra caridad en haberlo recibido, acabando así con este oprobio.

Esta oveja perdida es mía, y es deber mío buscarle y traerla de vuelta, si es la voluntad del Señor Jesús. Por lo tanto, ruego a vuestra reverencia, por nuestra común fe en Cristo y por nuestro común voto agustino, haga la merced de enviármelo a Dresde o a Wítemberg, o mejor aún, mire de persuadirle con tiento a que venga por su propia voluntad. Le recibiré con los brazos abiertos. Dejadle venir, no tiene motivo para temer mi desagrado.

Sé que tienen que venir escándalos. No es asombroso que un hombre haya caído, pero sí es un milagro que pueda levantarse y permanecer en pie. Pedro cayó para que comprendiera que era hombre. Los cedros del Líbano cuyas copas tocan el cielo, caen también, ¡maravilla de maravillas, un ángel cayó del cielo y el hombre en el mismo Paraíso! ¿Qué extraño es, entonces, que una caña sea agitada por el viento y un pábilo sea apagado?

Que el Señor Jesús os enseñe, ayude y perfeccione en toda buena obra. Amén. Adiós.

Hermano Martín Lutero
Profesor de Teología y Vicario Agustino del Distrito de Meissen y Turingia

Como si todas sus tareas y responsabilidades no fueran suficientes para poner a prueba su espíritu, la peste llegó a Wítemberg en el otoño de 1516.

Muchos de sus habitantes huyeron y muchos monjes fueron transferidos a otros claustros, pero Martín Lutero permaneció en Wítemberg; éste era el lugar donde sus superiores le habían colocado, donde tenía su obra y aquí permanecería.

Ni peste, ni emperador, ni papa alguno podrían moverlo del camino que se había trazado.

Como si el destino lo estuviese preparando para ser el foco de los problemas de su época, se encontró en un medio ambiente experimental: la iglesia parroquial. Del trabajo pastoral, la dirección estudiantil, el estudio bíblico, la especulación filosófica, de su vida devocional privada y de otros muchos cargos personales e impersonales, entre ellos la dirección de los once monasterios, Martín Lutero iba atesorando dentro de sí una experiencia tan grande que le daba una idea amplia y exacta de su medio ambiente.

De todas las cosas que le preocupaban, no era la menor uno de los puntos sensibles de la antigua doctrina de las “buenas obras”: la veneración de las reliquias, con la anexa idea de que tenían poder espirutual.

El Elector de Sajonia, el propio señor civil de Lutero, era particularmente aficionado a coleccionarlas. Había reunido centenares de reliquias en la catedral de Wítemberg; pero muchas de las pretenciones en cuanto a las mismas eran completamente fantásticas. Lutero mismo, por ejemplo, había visto la túnica de una sola piezade Nuestro Señor expuesta a la vez en varios sitios muy distantes unos de otros. Esta y otras cosas de naturaleza idénticamente increíble molestaban al predicador de Wítemberg, y así, de 1515 a 1517, varias notas de protesta aparecen en sus sermones y clases. No era un rebelde.

Hijo devoto de la Iglesia visible y completamente dentro del ambiente de piedad histórica del catolicismo, su protesta, no contra la idea o la historia, sino contra el abuso, es cada vez más frecuente.

Roma no pudo mantener por más tiempo el secreto sobre la corrupción en Europa. Juan Colet, Sir Tomás Moro y otros en Inglaterra habían pedido una administración más limpia de la Iglesia. La pluma de Erasmo había insistido en algunas de las mejores críticas de la historia cristiana, en que la Iglesia se reformara.

En toda la amplitud de la cristiandad occidental, el grito de escándalo había sido oído con tanta insistencia durante cincuenta años, que la nueva corriente de reforma adquiría una presión terrible. Lo que se esperaba, lo que se ansiaba era una dirección segura, consagrada e inteligente.

En la lejana Wítemberg tan miserable e insignificante, a la cual (excepto unos pocos favoritos del Elector de Sajonia) nadie le prestaba atención, se estaba formando una experiencia religiosa lo bastante fuerte, inteligente y valiente para llevar la dirección. Pero Martín Lutero, tan ocupado en sus muchos campos de actividad, vivía ignorándolo todo, salvo que había descubierto la fuente de la primitiva piedad de la Iglesia y que no podía callar ante el abuso.

Su naturaleza no era rebelde, sino conservadora. Amaba la tradición, su Iglesia y su gente, pero era honesto. Odiaba el pecado en todas sus esferas, altas o bajas. Protegería a su gente; honraría las obligaciones de su ministerio docente. Hablaría, pues, clara y decididamente, sin rodeos.

El ansia del pueblo contenida durante medio siglo halló ahora una voz. Defendió al campesino condenando el derecho de la nobleza a promulgar y aplicar las terribles leyes por las cuales se reservaban la caza para sí, castigando aún con la muerte al pobre hombre que mataba un conejo.

Llamaba a los grandes señores “ladrones” e “hijos de ladrones”. Se enfurecía ante la opresión ejercida por las clases altas, tanto eclesiásticas como civiles y clamaba contra ellas. La codicia y la avaricia que se agazapa tras todas las guerras recibió su condena.

Llevaba en sus manos los estandartes de las causas más nobles. Luchó sin timidez; la sangre de los campesinos estaba en él y señores y gobernantes debían responder ante las Escrituras por su explotación de los hijos de Dios.

¡Roma con los abusos que había creado y de los cuales vivía era la hereje! ¡Martín Lutero el católico!

(Continuará)

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