Cuestiones del creer y la vida cristiana.

El siguiente texto lo dijo en su foro Monja Guerrillera:

“Los judíos que recientemente habían creído en Cristo y empezaban a ser cristianos se estaban regresando a ser “santos” a la manera mosaica. Por miedo a la gracia y por miedo -como siempre- a la libertad. Preferían regresar al incumplimiento constante de las leyes (porque eran incumplibles y ya las había cumplido Cristo y clavado en la Cruz) que ir hacia el Pacto Nuevo donde es innecesaria la santificación por medio de las obras.

Ahora bien, si quiere la gente volver a la ilusión de obtener por sí misma el favor de Dios, que no crea en Cristo, que no hace falta, y que se recete y se prescriba nuevas tablas mosaicas. Que olvide el Monte de los Olivos y regrese al Sinaí. Y estará esa gente contenta, sintiéndose santa esforzándose en esterilidades y absolutamente muerta.”

Cuántas reflexiones vienen a mi mente cuando leo muchos de los textos de “Monja Guerrillera”. Debo aclarar que algunos de sus textos me son oscuros, no tanto por su falta de claridad sino más bien por mi ignorancia de los temas tratados al nivel teológico en que son tratados.

Por otra parte, comprendo (hasta el hartazgo) a quienes aprovechando ciertas “¿vulgaridades?” en el lenguaje de ella, hacen pie en tales términos (es su único punto de apoyo) para combatir profundidades teológicas de una riqueza brillante.

¿Importa tanto el modo? Muy probablemente, quienes acusan a esta hermana por alguna palabra que les ofende es posible que cuiden su lengua hasta mordérsela para no repetir tales palabras en público (o en cualquier “blog”) dando rienda suelta a las mismas en la profundidad de sus mentes, a las cuales, obviamente, sólo puede llegar el Espíritu Santo.

Sea Él pues, quien redarguya de pecado a los arrojadores de piedras, les dé el privilegio de alimentarse con la abundancia de los platos que en el blog de la Monja se sirven y les aumente la fe para creer que, si de algo debe arrepentirse esta hermana, el Señor tendrá especial cuidado de darle convicción a Su tiempo y, permítanme continuar con el desarrollo de este texto que considero útil volcar en este espacio.

Hago un punto y aparte con el tema de la MonjaGuerrillera, ella misma no soporta que la “defiendan” pues cree tener a UNO que ya lo hace … Por otra parte, no busca consensos. Pero me atreví a tomarme la molestia por simple cortesía.

Como diría humildemente Clive Staples Lewis (más conocido en la actualidad por la versión Disney de sus “Crónicas de Narnia” que por sus otros libros cristianos, como “Cartas del Diablo a su sobrino”, o “Cristianismo y nada más”, o “El problema del dolor” ¿Se habrá notado que me gusta este autor?), soy un simple laico, lamentablemente no soy teólogo, pero estoy seguro de haber tenido una experiencia genuina con Dios y esto fue por la Gracia alcanzable sólo en Cristo.

En el texto ella (Monja Guerrillera) hace referencia a cierto “miedo” a la gracia o a la libertad de aquellos hombres que creyeron en Cristo.

En cuanto a esto quiero decir lo siguiente:

Existe desde siempre en el hombre un deseo por conocer qué papel juega su vida en medio de la realidad en que se encuentra. Esa realidad que le fue impuesta (no por autoridad humana alguna, sino como quien ha sido ingresado -sin solicitarlo conscientemente- en un área que va a ir descubriendo mientras crece y se desarrolla) y que hoy reconoce como suya, ya sea que la ame o la rechaze.

Su sentido de trascendencia le lleva a negar (consciente o inconscientemente) que su ser se limite a una mera existencia orgánica. Personalmente dudo que exista un ateo verdadero al 100% de los que piensan que la vida se acaba siendo un simple alimento para gusanos.

Algunos pretenden afirmar que la vida es como un vegetal, que germina, cumple su ciclo reproductivo, se marchita y muere. Pero el versículo bíblico que manifiesta que somos como “la hierba del campo”, hace una referencia más bien a lo transitorio de nuestra vida en comparación con lo poco transitorios que nos consideramos.

Ahora que lo pienso, ignoro cuál será el plan de Dios para la redención del reino vegetal. No lo digo como una broma, sino pensando en voz alta, sobre aquel tipo de vida que fluye por dentro de los tallos y acaba por convertir sus corolas en hermosas vistas con su diversidad de colores, formas, tamaños y aromas. ¿No es vida acaso? Las organizaciones de protección de animales, ¿no piensan que las plantas poseen (a su ritmo) una vida?

Punto aparte para este planteo botánico. No era el tema… Ya lo saben… Amo las ramas, por eso me voy por ellas ! Quizá me encuentren en algún foro defendiendo los derechos del ombú y del cardo.

Volviendo al punto en que dejé. Ese “miedo” a la gracia o a la libertad, mencionado en el primer párrafo he intentado descubrirlo en mi propia vida.
Asombrado vengo a descubrir que lo poseo.

A cada paso temo cualquier tipo de cambio. Lo más extraño es que ese cambio lo estaba anhelando fervorosamente desde lo más profundo de mi alma. Pero una vez alcanzado, me deja tieso.

He atravezado esa puerta que por tanto tiempo añoré cruzar y, ahora que lo he logrado, tengo el temor reverente de encontrarme en un espacio demasiado amplio para mi escaso conocimiento de acción en dicha área.

Este sentimiento puede deberse a mi otro temor de perder el acceso a esa puerta, quién sabe por cuánto tiempo seré aceptado en este nuevo espacio o si seré tenido por digno de permanecer de este lado del umbral. (Qué pronto vuelve a mi mente la idea de Narnia con este ejemplo).

O quizá pueda deberse al temor de ser echado para siempre de este maravilloso lugar por algún posible mal comportamiento dentro de su (para mí nuevo) sistema de códigos.

Al existir un deseo tan poderoso en mi interior, que de pronto se ve suplido por haberlo hallado, es lógico que aparezca esa sensación de inestabilidad, producida por el cambio entre aquellas cosas temporales a las cuales estaba acostumbrado y éstas más permanentes que anhelé pero recién conozco.

Posteriormente, encuentro en el mismo espacio a segundos y terceros que han experimentado (antes que yo) el acceso a esta nueva etapa en su conocimiento espiritual de Dios.

Ante la novedad acudo a quienes -se supone- poseen más experiencia que yo en las “posibles” (pues ignoro si existen o no) normas, reglamentos, estatutos, o lo que sea que me permita mantenerme el mayor tiempo posible dentro de este lugar.

Por ser novato en esta nueva experiencia, me cruzo con algunos (pastores, líderes, cristianos “crecidos”, “hermanos reconocidos”, “profetas”, “apóstoles”, etc., que han bebido del agua de la experiencia de terceros y han adoptado muchas mañas y dogmas de cierto tipo de “tradición” sobre “cómo deben ser las cosas ahora en Dios”. Muchos de ellos han tenido su propia experiencia genuina con Dios, pero han dejado en manos ajenas su responsabilidad de percatarse que lo que les han enseñado se ajuste a los escritos de Dios.

Paradójicamente -para ellos mismos-, han sido ellos quienes me han enseñado a buscar en aquellos escritos, en los cuales encuentro bases firmes para reconocer que la puerta que crucé es segura y correcta. Pero con el paso del tiempo, sin perder de vista -ni por un momento- la experiencia grandiosa que me resultó haber logrado “entrar” a esta nueva dimensión espiritual junto a Dios, encuentro que existen diversos discursos que difieren del rumbo genuino trazado en los escritos.

Ante cualquier atisbo de  duda con respecto a tales cuestiones, comienzo a padecer cierto tipo de persecución que se me antoja benigna por considerarla reafirmada por los mismos dichos de Jesús, sabiéndome participante de tan grande honor!

¿He de sucumbir ante el ataque? De hacerlo, sé que tendré que aceptar un error que obviamente está del otro lado. ¿O aprovecharé para gozarme de haber escogido correctamente el rumbo que Dios da a mi vida, aún cuando deba padecer persecución por Su causa?

Opto por esto último.

Sé Quién me sostiene. Su Nombre es sobre todo nombre. Por lo cual, no existe “nombre” que pueda dar sombra al “Nombre” de Jesús.

Raimundo

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