Amando al pecador y aborreciendo al pecado

Lo que el mundo necesita es Gracia. (Sí… estoy leyendo a Philip Yancey)

Muchas iglesias que se jactan de ser espirituales, dejan afuera a muchos por sus costumbres, por su condición social, por su apariencia externa.

Cuántos estarían dispuestos en alguna de estas “grandes” iglesias a recibir con amor y respeto (estimando al recién llegado como superior a sí mismo) a una prostituta, por ejemplo. A un homosexual. A un asesino. A un violador.

¿Lo haría sabiendo quién es y lo que ha hecho?

La respuesta será (obviamente) SIIIIIIIIII !!!

Pero la verdadera respuesta. La que el Señor espera, está a las puertas de las congregaciones.

Muchas de estas mega-iglesias, para no escandalizar a los asistentes, en el caso de que llegue algún ser “visualmente desagradable” se lo envía por la puerta de atrás, se le enseña el camino de salvación, se le da una palmadita en la espalda y… ¡cuando se bañe y esté perfumadito vuelva!

El Señor no buscaba la comodidad ni las grandes sinagogas. Él entraba en la casa de cualquiera, bebía vino (sí !!! bebía vino!!!), conversaba con prostitutas y con ladrones. Por eso se lo juzgaba como “un hombre comilón, y bebedor de vino, amigo de publicanos y de pecadores” (Mateo 11:19).

Ellos preferían a un Jesús apartado de esa “lacra”, a la cual ellos, en su altísima santidad, jamás se acercaban.

Pero una cosa es el pecado y otra cosa el pecador.

Piensa en tí mismo, lector. Y déjame plantearte una cosa interesante:
Tú pecas en reiteradas ocasiones. (1ª Juan 1:8 dice: “Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros”).

Ahora bien, pides perdón y el Señor te cubre y te limpia.

Mientras no pides perdón estás en pecado. Quizá notas que has pecado luego de un tiempo, al ser alumbrado sobre algún aspecto que creías era la voluntad de Dios, y debes arrepentirte.

Mientras esto pasa, te alimentas, te higienizas, te vistes, te proteges…

Sabes que hay pecado en tí. Pero aún así te amas.

Aborreces ese pecado que hay en tí. Pero aún así, no tienes el más mínimo reparo en seguir alimentándote, visiténdote, protegiéndote.

¿Entiendes ahora la diferencia? Amas al pecador (que eres tú), pero aborreces el pecado que está en él (o sea en tí mismo).

Es un modo gráfico y sencillo de encontrar la forma de hacer lo mismo con el resto de los mortales que nos rodean. Con nuestro prójimo.

Mateo 22:39 dice: “Amarás a tu prójimo, como a tí mismo”.

O sea que deberás amar (alimentar, vestir y cuidar) a tu prójimo, aún cuando no lo consideres merecedor, del mismo modo que lo haces contigo mismo.

Que el Señor te bendiga !!!

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