Poniendo a prueba el cristianismo

Muchas veces nos toca enfrentar situaciones que ponen a prueba nuestra fe.

Una de ellas la estoy viviendo actualmente.

He perdido mi trabajo !

Un trabajo que me mantuvo por un tiempo bastante “cómodo” y sin sobresaltos.

Debí renunciar por cuestiones familiares y personales. No se trataba ya de acomodarse y buscar soluciones inexistentes con vistas a mantener un ingreso interesante, sino de cuestiones más profundas que tienen relación con la vida, con la dignidad y con la fe.

En esta etapa, mi fe juega un rol de altísima importancia. ¿Hasta dónde te va a sostener Dios? Es la pregunta que le podría arrojar a las espaldas de mi enemigo espiritual, como tantas veces se suele recomendar. Pero…

¿Qué diferencia existe entre mi vida y la de un niño (o miles de ellos) que perece(n) por el hambre en el África o en la India?

Ante el Señor, ninguna. Soy tan humano como cualquiera de ellos. O mejor dicho… Ellos son tan humanos como cualquiera de nosotros, que por tener un acceso a tecnologías, a cuentas bancarias, a un “nivel” de vida algo más acomodada que ellos, nos consideramos “por encima” de tales grupos etarios con una facilidad que apesta.

Hoy puedo darme el “lujo” de sentirme “en el aire” en mi situación.

No sé qué será de mi vida (aunque uno siempre se preocupa más por los demás. En lo que respecta a mi propia vida, no le temo ni a la misma muerte…), pero sé que el Señor me lleva de Su mano. Y es bueno.

Ahora…

¿Y si debo soportar padecimientos como los de mis congéneres de África o India?

¿Podré decir “es injusto”? ¡Nooo! Porque nada es peor que lo que padeció Jesús en la cruz. ¡Nada!

Y si pretendemos ser seguidores de Aquel que aprendió la obediencia por lo que padeció… ¿seremos acaso mejores que Él?

¿Evitaremos la copa que Jesús tampoco quería beber, pero que dejó a criterio del Padre el tomarla o no?

Ignoro, amigos, qué sucederá. Por ello soy feliz. Esa ignorancia me permite abrazar más la fe. Sólo me queda el Señor y la fe. (¿Pareciera poca cosa, no? jaja).

Estoy más que gustoso de estar pasando por este momento, y muy agradecido a Dios porque a cada paso sigo aprendiendo a conocerle mejor. No existe mejor cosa en el mundo que conocerle y amarle.

No hay pantalla de plasma, ni PlayStation, ni Wii de Nintendo, ni viaje a las Bahamas o a las islas Caimán, ni títulos, ni ducados, ni principados, ni reinados, ni gobernaciones, ni presidencias, ni brillo, ni  sombra, ni cosa alguna que nos pueda traer el consuelo y la fortaleza que sólo viene de un poder imposible de fabricar y que nos es obsequiado por Dios a todos.

Yo lo acepté y lo disfruto a pesar de encontrarme cada día más cerca de no poseer nada.

¡Te aseguro que lo vale todo!

Que el Señor te bendiga.

Raimundo

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