Cristianos “golondrina”.

¿A quién se llamó así?

Ya desde la época de 1986 (en pleno “avivamiento” en Argentina) teníamos señales de un deseo evangélico de contener a las “almas nuevas” u “ovejas recién convertidas” dentro del redil.

Este nombre “golondrina” se le adjudicaba a cualquier hermano o hermana que, no estableciéndose en una congregación de modo permanente, buscaba nuevos horizontes en otras congregaciones.

En esta nota quiero reflexionar sobre este mote que tan a la ligera se utilizó sobre muchos. Algunos de éstos (Dios quiera me equivoque) perdieron la fe que una vez les fue dada por la torpeza de quienes siempre discriminan en lugar de quitar las vigas de sus propios ojos.


Algunas ovejas, a veces de modo consciente y voluntario, otras veces casi sin entender el porqué, salen a buscar pastos verdes, cuando sus pastizales se vuelven amarillos o incomestibles.

El término “golondrina” o “veleta” cambiará seguramente dependiendo de qué país se trate, pero espero que todos comprendan el significado.

En aquellos días (seamos sinceros, actualmente aún se inculca desde los púlpitos) se culpaba de ser un cristiano “golondrina” a quienes de alguna manera no hallaban buenos pastos dentro del redil de turno (congregación a la que asistían).

Se les hacía responsables a ellos, (simples ovejas) por ser tan genuinos en su fe, que salían a conocer en qué otros campos poder nutrirse con verdes tallos más sustanciosos y frescos.

“Deben quedarse en donde Dios los puso en el Cuerpo de Cristo” afirmaban categóricos (y hasta condenantes) los líderes de entonces, parafraseando en muy pésima forma las palabras del apóstol Pablo. Los tales consideraban (algunos consideran aún) a los ladrillos y adornos de sus congregaciones como parte vital del cuerpo de Cristo.

Conociendo las propiedades del cuerpo que eran desconocidas en los tiempos del apóstol Pablo, podemos decir que en la actualidad son necesarios y útiles los hermanos “neurona”, hermanos “plaqueta” y demás integrantes del flujo de sangre (del que mana la vida) como instrumentos de Dios para mantener al resto del Cuerpo de Cristo en una actividad constante en nuestros días.

Esta actividad no es quizá tan visible como la que realizan los pies y las manos, pero ningún área de nuestro cuerpo se valora por su visibilidad, sino por ser integradora de un sistema más grande, que depende de ese pequeño aporte de sus partes y organismos menos visibles para ser lo que es.

Como escritor, me siento más parte del sistema nervioso del Cuerpo de Cristo, alertando sobre las diversas acciones dañinas para el cuerpo e intentando impulsar las correctas señales para solucionar dichos daños.

Las respuestas están todas en la cabeza que es Cristo, ninguna célula “per sé” cuenta con las condiciones de recrear, sin Su autoridad, beneficio alguno para Dios.

Bienvenidas, pues, todas aquellas golondrinas que, por optar ser libres del legalismo, nos han permitido descubrir que existe un mundo alrededor, fuera de la jaula (congregación), que necesita también a Dios y a quienes Dios también ha invitado a sus bodas.

Dentro del “edificio” hacemos pocas cosas de provecho. Sólo engordamos por retroalimentación nuestros estómagos y egos, impidiendo a otros abastecerse de la abundancia del cielo.

Actualmente me alegro de estar experimentando esta “golondrinez” en mi propia vida, conociendo las múltiples formas de la gracia de Dios que ignoraba por ingenua obediencia a un dogma ridículo impuesto por hombres.

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