Congregación por tradición (por Gabriela Ibarra)

Este texto lo copié de un blog de Gabriela Ibarra, profesora de historia y teología.  Lo cito textual:

Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen; Y yo les doy vida eterna y no perecerán para siempre, ni nadie las arrebatará de mi mano. Mi Padre que me las dio, mayor que todos es y nadie las puede arrebatar de la mano de mi Padre. Yo y el Padre una cosa somos.” Juan 10:27-30

Cualquier experimento intelectual de valorar la resistencia y vigencia de la congregación cristiana como Institución formal (que es parte del Cuerpo de Cristo) en estos días y en estas Américas actuales puede francamente llevarnos con mucha facilidad hacia involuntarias incongruencias. No obstante, la paradoja no es un peligro del que hay que huir, sino una simple muestra de que nos hace falta seguir pensando al respecto. En nuestro continente salen voces dobles, unas anunciando el “fin del reino congregacional” y otras reivindicando la forma congregacional llamándole “La” iglesia a sus grupos de reunión.

Ahora bien, me referiré a los grupos congregacionales que conozco y conocí, sin querer hacer aquí una generalización mayor a la posible.

En principio, no estoy muy segura -teológicamente hablando- que de verdad haya una palabra bíblica con hermenéutica incontestable que contenga el imperativo de reunirse en una comunidad institucionalizada y designada para la asamblea de creyentes en Jesucristo. Que tengamos testimonio histórico de que los primeros cristianos lo hacían en sus circunstancias particulares no puede formar parte de ningún cuerpo doctrinario bíblico.

La imitación de costumbres no admite absolutización dogmática y toda institución nacida de una perpetuación de las costumbres no puede ser obligatoria.

Al simple testimonio histórico de aquel siglo lo rescatamos en vistas de mantener una tradición, es una valoración necesaria de nuestra historia. Pero nos sería recomendable también atender a este siglo donde estamos contextualizados, y ver sin miedo ni asombro que la tradición de la asamblea puede variar y que no es saludable la rigidez absoluta de la cultura relativa.

La vida de ekklesia1 (que no de episynagoge2) en nuestros tiempos y en algunos de nuestros países se está convirtiendo –o la han conseguido convertir sus líderes- en una política de concurrencia ineludible, la cual ya es vivida con malestar e insatisfacción, por causa de la obligatoriedad como principio sostenedor y por causa de la identificación con la salvación meritoria.

La mala transformación de la tradición de ekklesia1 no puede ni debe –en honor a esa tradición- ser impuesta como una carga por la cual se luche y se sobrelleve a modo de sacrificio.

¿No nos detenemos siquiera a pensar si hemos oído bien según Marcos 4: 23-24 y según Lucas 8:18 antes de convertir en mandamiento una exhortación pastoral de Hebreos 10:24-25?

Porque el marco de considerarnos unos a otros para estimularnos al amor y a las buenas obras de ese texto de hebreos se da en el ámbito de episynagoge2 y no necesariamente y exclusivamente en el de ekklesia1.

En el tiempo histórico en que se escribió el texto de Hebreos, el contexto mundial era muy diferente al nuestro de las Américas. Nosotros aquí no tenemos la fe cristiana prohibida por los estamentos religiosos y ni gubernamentales. Los cristianos de entonces se convocaban a unas asambleas secretas de las cuales hoy nosotros no tenemos por qué imitar, a no ser que en algún país de los nuestros, un presidente nos persiga para exterminarnos, o la religiosidad oficial nos declare exterminables.

Para preservarnos como cuerpo de creyentes bajo una severa persecución política y dictatorial, la ekklesia1 convocada en forma de alarma y de resistencia es una necesidad impuesta por las malas “condiciones” históricas, pero no existe en las Escrituras un mandamiento sobre la concurrencia, el cual por causa de inasistencia esté siendo quebrantado.

Existe la apostasía como renuncia a la fe cristiana, pero no existe la figura de “deserción congregacional” punible.

Es verdad que en muchos casos particulares, una persona que renuncia a la fe cristiana obviamente no concurre a la asamblea cristiana. La apostasía daña simultáneamente a ekklesia1 y a episynagoge2. Pero es verdad también que lo inverso no se da siempre por relación matemática.

De modo que no se puede acusar a un cristiano de “apóstata” sólo por haber abandonado la institución cultural de la que era miembro.

En nuestras Américas todavía se enseña y se amedrenta homiléticamente a los cristianos mediante el mensaje de que el abandono de la membresía es un automático abandono de Dios. O que fuera de la asamblea lo único que le espera al cristiano es una vida de pecado y perdición, de frialdad espiritual, de desintegración anímica, de malas obras y de indiferencia moral. Como si la asamblea fuera una garantía preservadora de todas esas desgracias descritas y no –como ha llegado a ser en muchos casos- la precursora y la propulsora de la adversidad de los fieles y de la incredulidad de la gente.

Esto es especialmente cierto en las comunidades donde se relaciona a los “haceres” congregacionales con la identidad cristiana genuina. Cuanto más presente, visible y activa esté una persona en la ekklesia1, más madurez cristiana se le atribuirá, cosa que por cierto es un embuste o una simple ilusión, además de un pre-juicio que nadie está autorizado a emitir.

¡He llegado a escuchar a algunos pastores decir que la ekklesia1 es un modelo dado por Dios para el crecimiento de su Reino!

Un cristiano puede prescindir de la ekklesia1 histórica, cultural y tradicional sin que por ello esté prescindiendo del acto de episynagoge2 ni de la fe en Jesucristo.

No es que Jesucristo no pueda estar presente en todas las formas culturales de ekklesia1, es justamente lo contrario lo que intento decir: Que Jesucristo puede estar presente también en todas las formas de episynagoge2 cuando los que creemos en Él nos reunimos en su Nombre, sea en ekklesia1 o fuera de ekklesia1.

Los que elegimos momentáneamente o definitivamente estar fuera de ekklesia1 no somos los que predicamos el abandono congregacional y no lo promovemos ni lo difundimos como solución a las aberraciones eclesiales. Al contrario, la predicación en contra de la libertad de los creyentes cristianos sale precisamente del institucionalismo exclusivo, por rencor y por despecho. Debido a que la gente abandona las dogmatizaciones culturales pero no abandona a Jesucristo ni deja de ser parte de Su Cuerpo, a las cofradías enfermas les da rabia que Jesucristo no eche fuera a los que le buscan.

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(1) Ekklesia: Asamblea popular griega que extraía “fuera de” un gran grupo de personas otro grupo menor de personas, que compartían la discusión y las tratativas de un tema único con un fin particular. Por analogía se usó para iglesia cristiana.

(2) Episynagoge: “Colección o Recolección, convocatoria a”. Por analogía se usa para reunión alrededor de la sinagoga, fuera de la sinagoga, no necesariamente dentro de la sinagoga, puesto que a veces ni los dejaban entrar o los echaban a pedradas. Eran libres de crear una ekklesia en donde pudieran llevarla a cabo. Sabían bien que el Logos moraba en ellos y no en los edificios. Nosotros lo hemos olvidado y hemos llevado la analogía demasiado lejos.

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