La avaricia en la casa de Dios

En Lucas 16:13-15, leemos:

” Ningún siervo puede servir a dos señores; porque o aborrecerá al uno y amará al otro, o estimará al uno y menospreciará al otro. No podéis servir a Dios y a las riquezas.
Y oían también todas estas cosas los fariseos, que eran avaros, y se burlaban de él.
Entonces les dijo: Vosotros sois los que os justificáis a vosotros mismos delante de los hombres; mas Dios conoce vuestros corazones; porque lo que los hombres tienen por sublime, delante de Dios es abominación”.

dolares

La palabra es más clara que el agua. Sin embargo, muchos líderes de la actualidad siguen edificando sus hermosos templos bien cuidados, adornados con los más caros accesorios de la tecnología, con lo último de la moda en tendencias de estilo y glamour en diseño tanto de interiores como de exteriores.

¿En qué afecta esto a las ovejas? Mucho y en gran manera. Porque sus líderes debieran ser ejemplo, no de ostentación de bienes, sino de privación, de sumisión a Dios y de abnegación por la vida de las ovejas a su cargo.

Resulta interesante ver que muchos afirman que están dando su vida por cuidar “el templo”. Pero olvidan que llaman “templo” a un edificio material, hecho por manos humanas y no al verdadero templo, creado según Dios a su misma semejanza y que corresponde al cuerpo de cada creyente que es Templo del Espíritu Santo. Ese templo, muchos más santo que el edificio tan atractivo que han levantado, es el que deberían cuidar con más temor.

En respuesta a la diferencia de ingresos entre un líder y una oveja, dirán en su defensa tonterías como éstas: “Pues, es claro que no tienen la fe suficiente para recibir en abundancia la prosperidad que Dios tiene para ellas”.

Lamentablemente, es obvio que algunos líderes no dudan en continuar con la rapiña y la rapacidad sobre la carne de las ovejas a su cargo, señalándolas como “faltas de fe” cuando en ocasiones han sido de mucha más bendición a la obra del Señor por sus voluntarios trabajos y desvelos, que el mismo líder que está al frente colmado con la aberración de su avaricia.

Quiero aclarar que cuando me refiero a “ciertos líderes” no incluyo a todos. Conozco muchos que realmente son ejemplo. Pero, lamentablemente, abundan más los avaros.

No es necesario dar nombres (ni de unos, ni de otros) porque los frutos están a la vista y basta con estar atentos. Estos “grandes hombres de Dios” como les agrada ser llamados (“midiéndose a sí mismos”, como dice 2ª Corintios 10:12) viven en boca de muchos por sus grandes logros edilicios y de multitudes que escuchan absortos cuantas falsas enseñanzas se les ocurre poner en juego.

Muchos de éstos seguidores ingenuos, tristemente han abrazado la mentira que afirman a los gritos estos avaros desde su plataforma iluminada. Recordemos que “vendrá tiempo cuando no sufrirán la sana doctrina, sino que teniendo comezón de oír, se amontonarán (ellos mismos) maestros conforme a sus propias concupiscencias” 2ª Timoteo 4:3. O sea que la doctrina, debería sufrirse. Implica cierta carga de la cruz, el seguir esta doctrina cristiana. Sufrirla con gozo, es lo que nos alienta Pablo en todas sus cartas. Jamás se nos llama a ser hombres llenos de poder humano (que es el que produce el dinero en cantidad) sino que nos habla de otro poder que viene del amor y la obediencia a Dios. Pero, es cierto… Los días se están acortando demasiado pronto y hay muchos que se enfrían creyendo a la mentira.

Estos líderes, con palabras adornadas de sonidos exquisitos, de “ambiente espiritual” (así le llaman a la emoción de expectación que crean en la audiencia tras hacerles esperar eternidades para aparecer en escena -en otra clara intención de ser ellos mismos el centro de atención y no Cristo-) y una innumerable batería de entretenimientos tecnológicos, auditivos, sensitivos y visuales (incluyamos en los sensitivos a excelentes aires acondicionados, efectos de humo que pasan alrededor, máquinas de burbujas, luces y rayos láser que pasan cerca de la audiencia…). Todo esto, para “transmitir mejor el mensaje”.

“Además…”, argumentan, “si a la gente no les das esto no vienen”! Algunos intentan justificar el desparramo inútil que hacen de los recursos que las ovejas ponen en sus manos diciendo cosas tales como: “Jesús, si viviera, haría uso de toda la tecnología a su alcance para transmitir el mensaje”.

Tal pareciera que en las congregaciones de la actualidad se ha cambiado (en algunos casos) el apetito por las cosas del Señor y el amor por los perdidos, por una incesante búsqueda de lo nuevo, lo “más costoso”, lo “último”, ya que, como éstos falsos profetas afirman, “para el Señor hay que dar lo mejor”. Yo no dudo que debamos darle lo mejor al Señor, pero… ¿dinero? ¿Acaso a Dios lo convencemos con tan inferior ofrenda? En fin! Si así piensan estos líderes…

Agradezco al Señor que hasta el día de hoy me ha sostenido (sin abundancias, aclaro) dándome un trabajo para sostenerme sin necesidad de quitarle la lana a las ovejas. Preferiría morir de frío, antes que hacer semejante aberración. Y sería feliz, aún en ese caso. No porque espere morir. Sino porque confiaría en el Señor para abrigarme y si no lo hiciere, le alabaría de igual manera! Él es Quien Es. Y no importa cuántas cosas deba vivir en este mundo que a mi carne le puedan parecer dramáticas, las atravesaré con alegría “porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas.”

Job 1:21 dice: “Desnudo salí del vientre de mi madre, y desnudo volveré allá. Jehová dio, y Jehová quitó; sea el nombre de Jehová bendito.” Por lo tanto me gozo de padecer necesidades por momentos y agradezco las alegrías que me provoca ver la mano sustentadora de Dios levantándome nuevamente, vez tras vez.

Mi clamor a Dios es por los que deberían crecer en la fe, en la comunión con Dios, en la predicación de la palabra a los perdidos… y están perdiendo su tiempo en reuniones que les “entretienen” y les hacen creer que son para su “crecimiento” mientras el tiempo sigue pasando y quizá llevan 10, 20 ó 30 años de “cristiano” sin tener idea qué rumbo tomar en la vida y cuál es verdaderamente el propósito de Dios para sus vidas! Esto es mortal! Literalmente mortal! Pero no lo alcanzan a ver.

Lamentablemente, he visto en el correr de los años, congregaciones multitudinarias en donde los hermanos necesitados no son tenidos muy en cuenta, ni se les ayuda para sostenerlos o proveerles lo necesario. No lo digo a modo de queja, ya dije que en lo personal jamás me ha faltado el pan. Pero he visto que muchos, pudiendo ser ayudados o sostenidos por las ofrendas de los hermanos, eran dejados a un lado por gastos “más necesarios” según su criterio, que distaba mucho de ser el bíblico. “Es obvio que hay temas más urgentes que tratar, que atender a un hermano de poca fe que no supo aferrarse a la bendición económica por la que oramos la semana pasada”, quizá afirmen con su mentalidad de empresa. “Salvo que el hermano sea útil, se deberá por todos los medios, desalentar a estos mendigos del siglo XXI que roben de lo que el Señor nos ha provisto para continuar expandiéndonos hacia la meta”.

Siempre me pregunté cuál era esa “meta” de la que tanto hablan algunos sin detenerse jamás a pensar lo que están diciendo. Es bueno, para el mentiroso, poner hacia adelante un objetivo que cada día siga estando lejos: La llenura del Espíritu Santo (sí, hasta han usado esa figura), el hablar en lenguas, no han pasado 6 meses desde que comenzaste a congregarte… Cuando escucho estas tonterías, puestas como objeción para que un hermano comience a trabajar para el Señor en cualquier área, me pregunto: ¿Qué hizo el ladrón que estaba crucificado al lado de Jesús para que el Señor le diga: “De cierto te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso”? (Lucas 23:43). Es obvio que sólo creer. Ni siquiera se había bautizado! No predicó a nadie, no discipuló a nadie, no fue a ninguna iglesia… ¿Cuál es el impedimento que los hombres ponen en tu congregación para que los que creen en el Señor no comiencen a decir lo que han visto y oído? Realmente me encantaría saber qué tonterías usan algunos para limitar la extensión del reino de Dios con sus reparos!

A partir de varias idas y vueltas en el camino del Señor, creo firmemente que lo único que importa es mantener la comunión con el Señor y con algunos hermanos fieles a Él (y no a cualquier rito pagano con nombre espiritual -aún con intenciones de parecerse en algo al cristianismo-), y seguir Sus enseñanzas las cuales nos son impartidas mediante la palabra de Dios y gracias a la revelación que el Señor jamás niega a quienes la piden con fe.

No entiendo bien hacia dónde corren algunos líderes cristianos, pero creo que, invariablemente, la gran mayoría ha perdido el norte. ¿Por qué digo esto? Porque sucede lo siguiente y ya lo he visto en diversas “etapas” o “épocas” mal llamadas de “avivamiento”:

Suele aparecer alguien que dice haber recibido alguna revelación determinada de Dios. Primero lo miran como un extraterrestre y lo señalan y lo juzgan. Luego, cuando ven que llena sus edificios de gente, comienzan a dudar de lo que venían haciendo era del todo la obra de Dios. Preguntándose (ingenuamente en sus cavilaciones): «Cuando veo la gente que va a las reuniones que hace X, entiendo que esos “frutos” son deseables para mi propia congregación»

Luego oran. No tanto para conocer la voluntad de Dios al respecto, sino que, con toda pérdida de temor, insisten a Dios que lo que quieren es “ESO” mismo que han visto en las reuniones de “X”: tener sus servicios llenos de gente…

El Señor, suele responder a los que piden codornices, aún cuando sabe que las mismas pueden causarle la muerte (Números 11:31-34).

Y así se agranda el círculo. Aparece otro líder, de otra zona, que le comenta las maravillas que ha visto en ese lugar (dejándose llevar por la avaricia de querer poseer él también aquello, quizá -vamos a dejar cierta sombra de duda- creyendo que lo que ha visto viene de Dios por haber “sentido” algo amocional) y uno a uno, se van contagiando.

En lugar de orar, para saber cuál es la voluntad del Señor en este caso. Ven a tantos abrazar esa “forma” de reunión que caen rendidos ante la falsa y errónea evidencia de creer que, como otros líderes ya aceptan esto como cual cosa, no sería tan necesario consultar a Dios al respecto. “Es obvio, que si tantos líderes lo aceptan, todo es obra de Dios. ¿Cómo puedo ser yo la única persona que no lo vea?”.

Amo al Señor con todo mi corazón. Pero cuando veo estas cosas mi angustia crece por el celo de las cosas santas. Y la unción que Dios a dado a ciertos líderes, se desparrama en tonterías que los atan más a este mundo. Quizá no alcanzan a verlo, porque corren de aquí para allá, confiados en que lo que hacen es la obra de Dios. Realmente es algo triste y digno de reflexionar. Debemos orar mucho, tanto por los avaros que saben lo que hacen y no temen a Dios (para que sean tocados por Dios, abran sus ojos y vean que el evangelio es mucho más sencillo y que Dios no les manda contruir catedrales, sino predicar el evangelio), como por las almas (de líderes y ovejas) que han caído en el error de Balaam (2ª Pedro 2:15-16).

Las ovejas escogidas por el Señor son santas. Mucho más que los materiales con que se contruyen muchos templos o los adornos con que se llenan sus interiores.

Si no cuidamos a las ovejas, su sangre nos pedirá Él de nuestras manos. Ellas son el templo del Señor. No el edificio.

En el camino de crecimiento de muchas congregaciones que abrazaron con tanto fervor todo este mover moderno, he visto cientos de hermanos perder su fe, consumidos por la realidad de la avaricia de estos hombres (a quienes no  juzgo, Dios lo hará). Sólo me duele, la realidad de las ovejas que otrora sirvieron con humildad y alegría al Señor, dejados de lado por el emporio de la religión y la conquista de posiciones de poder mal llamadas “espirituales”.

Ah! Y me olvidaba de las veces que escuché citar, acerca de estas ovejas débiles, que “no he visto justo desamparado, ni su descendencia que mendigue pan” (Salmo 37:25b), como si no existiese en la biblia forma de enlazar todo su mensaje con el de Santiago.

Porque la biblia también tiene un libro del apóstol Santiago que hace referencia a la “Amonestación contra la parcialidad” en su capítulo 2, en donde dice (entre otras palabras de riquísima sabiduría):

“Y si un hermano o una hermana están desnudos,
y tienen necesidad del mantenimiento de cada día,
y alguno de vosotros les dice: Id en paz, calentaos y saciaos,
pero no les dais las cosas que son necesarias para el cuerpo, ¿de qué aprovecha?
Así también la fe, si no tiene obras, es muerta en sí misma.”

Y a este aspecto de la iglesia me refiero, al de sostener a las ovejas con las ofrendas de las que más poseen. Para eso eran las ofrendas inicialmente, ya que en la iglesia primitiva compartían todos sus bienes para suplir “según la necesidad” de cada uno: “Así que no había entre ellos ningún necesitado; porque todos los que poseían heredades o casas, las vendían, y traían el precio de lo vendido, y lo ponían a los pies de los apóstoles; y se repartía a cada uno según su necesidad”, Hechos 4:34-35.

No quiero dar a entender que estoy diciendo: “Vendan todas sus posesiones y tráiganlas a la iglesia”, sino que hago énfasis en que lo recaudado, sea lo que sea, debería ser utilizado para suplir las necesidades básicas de los hermanos. Lamentablemente, poco existe de esto en las “mega” congregaciones.

Finalmente leemos en 1ª Corintios 9:14-16:

“Así también ordenó el Señor a los que anuncian el evangelio, que vivan del evangelio. Pero yo de nada de esto me he aprovechado, ni tampoco he escrito esto para que se haga así conmigo; porque prefiero morir, antes que nadie desvanezca esta mi gloria. Pues si anuncio el evangelio, no tengo por qué gloriarme; porque me es impuesta necesidad; y ¡ay de mí si no anunciare el evangelio!”

Algunos, con la excusa de que “la biblia dice que puedo vivir del evangelio, porque soy Su ministro”, hacen ostentación de cuanta cosa nueva aparece en el mercado como si tuvieran una compulsión por el consumo de productos tecnológicos, de moda, etc. Por lo general, esto hace muy mal a la persona, que en lugar de ser reprendida, es aplaudida y considerada un personaje de éxito. ¿No resulta, cuanto menos, triste?

Yo agradezco al Señor que con mis defectos y errores, me haya llamado a predicar Su evangelio a TODA criatura. Pongo en práctica la fe mediante la donación espontánea en donde aparece la necesidad. Busco formas de llevar el mensaje a los demás. No espero recompensas de este mundo, jamás me saciarían como lo hace Él. Me reúno regularmente con hermanos y nos gozamos en la presencia del Señor con alabanzas. En ningún lugar en particular, pero en presencia del Señor. Gracias Jesús!

Que el Señor los bendiga y guarde.

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El ministerio de la tristeza

El ministerio de la tristeza

por el Reverendo David Wilkerson

Samuel fue un joven llamado al “ministerio de la tristeza”. No la suya, ni la de la humanidad, sino la tristeza profunda e insondable de Dios. Dios estaba muy afligido por la caída de su pueblo, y no había quien se condoliera. Dios estaba a punto de quitar su gloria de su casa de Silo, y los que ministraban en su altar no lo sabían. ¡Qué triste es ser tan sordo, ciego y mudo precisamente a la hora del juicio!

Israel estaba corrompido; el sacerdocio era adúltero y el ministerio organizado y establecido estaba completamente ciego. Elí representa el sistema religioso en decadencia con todos sus intereses egoístas, ablandado por la vida fácil con sólo una muestra de aborrecimiento del pecado. Elí se había vuelto gordo y perezoso con respecto a lo profundo de Dios, dedicado sólo a la liturgia.

Sus hijos Ofni y Finees representan el ministerio presente de la tradición. Esos dos sacerdotes jóvenes nunca tuvieron un encuentro con Dios. No sabían lo que era “oír del cielo”. Ni tampoco el deseo ardiente de encontrar a Dios y conocer la gloria y la presencia del Señor; no sabían nada de la tristeza de Dios. Esta clase de personas no ayunan, ni oran. Buscan las mejores posiciones ministeriales, con los mayores beneficios y las mejores oportunidades de promoción. Nunca se les ha quebrantado el corazón por la humanidad perdida; saben poco del sufrimiento. Son el producto de un ritualismo muerto y frío. ¡No tienen la frescura de Dios! Dicen las cosas rectas y novedosas, hablan y actúan como profesionales; pero no tienen la santa unción ni conocen el temor y el miedo reverente de un Dios santo.

Así que, como los hijos de Elí, se vuelven sensuales, mundanos y egocéntricos. Los hijos de Elí se corrompieron tanto que Dios los llamó “los hijos de Belial” (Satanás). Se dijo de ellos que “no tenían conocimiento de Jehová… engordándoos de lo principal de todas las ofrendas de mi pueblo Israel” (1ª Samuel 2:12,29). Por eso hay una multitud de jóvenes evangélicos que se vuelven fríos y sensuales, adictos a la música ruidosa y carnal, bebedores de cerveza, practicantes de relaciones sexuales ilícitas, aburridos e inquietos. Algunos pastores de jóvenes los condenan con su mal ejemplo y falta de discernimiento del Espíritu Santo. Si los líderes de la juventud no conocen al Señor, ¿cómo pueden ganar a los muchachos para Dios? Ahora nos enfrentamos a la tragedia de toda una generación descarriada porque tienen pocos pastores que les indican la manera de escapar de las trampas satánicas de esta época. Se ha tolerado mucho lo que satisface los deseos sensuales de la juventud.

Elí había perdido todo su discernimiento espiritual. Ana, una mujer piadosa, lloraba amargamente en la casa de Dios en Silo. Le rogaba al Señor que le diera un hijo e intercediera desde lo más profundo de su corazón. Ella es un tipo del remanente santo e intercesor que anhela y clama por un mensaje fresco de Dios. “Pero Ana hablaba en su corazón, y solamente se movían sus labios, y su voz no se oía; y Elí la tuvo por ebria” (1ª Samuel 1:13).

¡Cuán ciego puede ser un pastor del Señor! Ella conversaba con Dios en el Espíritu, bajo la unción divina y pronta a convertirse en canal de renovación en Israel, y el hombre de Dios no pudo discernir la verdad. No comprendió en absoluto el significado de lo que ocurría en el altar. ¿Qué le había pasado a ese sacerdote del Dios altísimo, que debiera estar en pie en el umbral de un acto divino nuevo y profundo que afectaría el futuro de Israel, y está tan separado de Dios que lo confunde con algo carnal?

¿Cómo va a llegar Dios hasta el pueblo corrompido y descarriado de Israel? Dios está entristecido; quiere sacudir las cosas; ¡Él está a punto de proceder con rapidez y enojo y vomitarlo todo de su boca! Sin embargo, Elí no lo sabe. Elí se ha vuelto tan indulgente, cómodo y saturado de la tradición fría, que no tiene ni la mínima sospecha de lo que Dios dice o está a punto de hacer. Va a echar a sus hijos a un lado, a podarlos del servicio de Dios, pero están tan entregados a los placeres carnales, tan adictos a la mejor carne y tan endurecidos por el pecado que se han convertido en agentes de Satanás, ciegos ante el juicio inminente. ¡Dios debe buscar fuera de la estructura religiosa establecida a alguien bastante dispuesto a compartir su tristeza!

La Compañía de Samuel

El Señor siempre tiene su grupo de personas como Samuel que oyen su voz en tiempo de decadencia espiritual. La compañía está constituida por hombres y mujeres que no se preocupan de la tradición, la promoción ni las diferencias entre las denominaciones religiosas. Representan a pastores y laicos que están dispuestos a oír y pasan tiempo a solas con Dios.

Dios le envió un aviso a Elí con un profeta anónimo. Fue un flechazo directo al centro de un sistema religioso que se había vuelto protector de sí mismo. Elí había protegido a sus hijos descarriados. Dios le dijo en profecía: “Has honrado a tus hijos más que a mí, engordándoos de lo principal de todas las ofrendas de mi pueblo Israel”. (1ª Samuel 2:29).

Cuando Elí supo que sus hijos ostentaban su fornicación a la puerta de la congregación, todo lo que dijo fue: “No, hijos míos, porque no es buena fama la que oigo yo; pues hacéis pecar al pueblo de Jehová (1ª Samuel 2:24). Después Dios le dijo a Samuel que Él juzgaría la casa de Elí porque él conocía la iniquidad de ellos y no hizo nada para evitarla. “Y le mostraré que yo juzgaré su casa para siempre, por la iniquidad que él sabe; porque sus hijos han blasfemado a Dios, y él no los ha estorbado” (1ª Samuel 3:13).

Hay un día de juicio señalado aquí en la tierra para los ministros del evangelio que conocen el pecado de la congregación o de su familia, y no quieren hacer nada al respecto. Tal vez regañen a los adúlteros, los bebedores y los fornicarios, pero no tienen un mensaje penetrante de reprobación. Temen disciplinar a sus hijos espirituales. En el juicio nuestro Señor les preguntará: “¿Por qué no le mostraron a la gente la diferencia entre lo santo y lo profano?”.

¿Por qué fue Elí tan condescendiente con el pecado de sus hijos? Porque ellos robaban la mejor carne antes de que fuera a la olla hirviente; llevaban a casa esa carne roja y fresca y Elí ya estaba acostumbrado a ella. El sufriría si los trataba muy duro, pues tendría que volver a comer la carne cocida y húmeda. Había aprendido a cerrar los ojos ante todo el mal que lo rodeaba en la casa de Dios y en su propia familia.

Yo creo que por la misma razón hay predicadores blandos en su lucha contra el pecado. Los ha tranquilizado la buena vida. Disfrutan de la comodidad y el prestigio de las multitudes y de los edificios grandes. Es algo muy sutil. Aunque sabe que debe decir algo, el pastor se limita a decir: “¡No deberían hacer ustedes cosas malas!”. Ningún trueno sagrado. Sin tristeza por el pecado y la transigencia. Está ausente la visión de Pablo de la pecaminosidad excesiva del pecado. No hay advertencias de retribución y juicios divinos. De lo contrario, la gente se ofendería, dejaría de asisitir y de pagar las cuentas. Tal vez se detendría el crecimiento.

He predicado en iglesias como esas y ha sido una experiencia dolorosa. El pastor que, como Elí, ama usualmente el arca de Dios, no es malo, sino temeroso. Teme el movimiento del Espíritu Santo, teme ofender a la gente, da un servicio de labios solamente a la santidad y teme atacar al pecado con dureza.

Ocupo el púlpito de aquel hermano para anunciar la exigencia del Señor de santidad, la invitación al arrepentimiento, la advertencia del juicio sobre el pecado, y los transigentes se apresuran a pasar adelante llorando, confesando y en busca de liberación. Miro al lado y veo a un pastor preocupado porque tal vez se pierda el control del servicio, se manifiesten las lágrimas sin control o alguien caiga al suelo dominado por la convicción de pecado y la tristeza. Está muerto de miedo de que su “gente nueva” no comprenda. Está ansioso de volver a tomar el control de la reunión para calmar las cosas. Murmura confirmaciones dulces de que Dios los ama a todos, les recuerda que ya se hace tarde y los despide rápido. Le echa agua fría a la convicción de pecado, y las personas agobiadas por el pecado se van a casa angustiados por lo que parece ser una falta de interés de su pastor.

He salido de esas reuniones con mucha tristeza. Me pregunto: “¿Dónde está la tristeza por el pecado? ¿No pueden los líderes ver que esas ovejas llorosas quieren clamar a Dios y permitir que la convicción del Espíritu Santo haga su obra de limpieza en ellos?”.

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Extraído del capítulo “Un llamado a la tristeza” del libro “David Wilkerson exhorta a la iglesia” de Editorial Vida, traducido al Español en 1991.

Amando al pecador y aborreciendo al pecado

Lo que el mundo necesita es Gracia. (Sí… estoy leyendo a Philip Yancey)

Muchas iglesias que se jactan de ser espirituales, dejan afuera a muchos por sus costumbres, por su condición social, por su apariencia externa.

Cuántos estarían dispuestos en alguna de estas “grandes” iglesias a recibir con amor y respeto (estimando al recién llegado como superior a sí mismo) a una prostituta, por ejemplo. A un homosexual. A un asesino. A un violador.

¿Lo haría sabiendo quién es y lo que ha hecho?

La respuesta será (obviamente) SIIIIIIIIII !!!

Pero la verdadera respuesta. La que el Señor espera, está a las puertas de las congregaciones.

Muchas de estas mega-iglesias, para no escandalizar a los asistentes, en el caso de que llegue algún ser “visualmente desagradable” se lo envía por la puerta de atrás, se le enseña el camino de salvación, se le da una palmadita en la espalda y… ¡cuando se bañe y esté perfumadito vuelva!

El Señor no buscaba la comodidad ni las grandes sinagogas. Él entraba en la casa de cualquiera, bebía vino (sí !!! bebía vino!!!), conversaba con prostitutas y con ladrones. Por eso se lo juzgaba como “un hombre comilón, y bebedor de vino, amigo de publicanos y de pecadores” (Mateo 11:19).

Ellos preferían a un Jesús apartado de esa “lacra”, a la cual ellos, en su altísima santidad, jamás se acercaban.

Pero una cosa es el pecado y otra cosa el pecador.

Piensa en tí mismo, lector. Y déjame plantearte una cosa interesante:
Tú pecas en reiteradas ocasiones. (1ª Juan 1:8 dice: “Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros”).

Ahora bien, pides perdón y el Señor te cubre y te limpia.

Mientras no pides perdón estás en pecado. Quizá notas que has pecado luego de un tiempo, al ser alumbrado sobre algún aspecto que creías era la voluntad de Dios, y debes arrepentirte.

Mientras esto pasa, te alimentas, te higienizas, te vistes, te proteges…

Sabes que hay pecado en tí. Pero aún así te amas.

Aborreces ese pecado que hay en tí. Pero aún así, no tienes el más mínimo reparo en seguir alimentándote, visiténdote, protegiéndote.

¿Entiendes ahora la diferencia? Amas al pecador (que eres tú), pero aborreces el pecado que está en él (o sea en tí mismo).

Es un modo gráfico y sencillo de encontrar la forma de hacer lo mismo con el resto de los mortales que nos rodean. Con nuestro prójimo.

Mateo 22:39 dice: “Amarás a tu prójimo, como a tí mismo”.

O sea que deberás amar (alimentar, vestir y cuidar) a tu prójimo, aún cuando no lo consideres merecedor, del mismo modo que lo haces contigo mismo.

Que el Señor te bendiga !!!